Mi abuelo era pescador de atún con bara. Aprendió el oficio desde abajo, hasta convertirse en esquinero, una de las posiciones más importantes dentro de la pesca atunera. Pasaba largas temporadas embarcado. No regresaban hasta llenar completamente la capacidad del barco. El mar no era solamente un trabajo; era el espacio donde transcurría su vida. Ahí construyó una familia, levantó una casa y sacó adelante a más de diez personas con educación y un techo.

Murió cuando yo tenía siete años.

No conocí realmente sus historias en altamar. No escuché directamente sus relatos de pesca, ni vi la forma en la que habitaba el océano. Lo que conozco de él existe fragmentado entre fotografías, herramientas oxidadas, algunas piezas de artesanía hechas con concha de abulón y los recuerdos dispersos de otros pescadores.

Hay una fotografía donde aparece sobre una cama de atunes sosteniendo la bara. Esa imagen se convirtió en una especie de portal. No solamente porque retrata quién era, sino porque revela algo más difícil de explicar: la conexión profunda que tenía con el mar. Cada vez estoy más convencido de que mi abuelo necesitaba estar ahí. Necesitaba el movimiento del barco, la rutina del embarque, el horizonte interminable.

Después de los embargos atuneros en México durante los años setenta, esa forma de vida comenzó a desaparecer. Muchos pescadores quedaron atrapados entre la transformación de la industria y la pérdida de una relación que había definido generaciones enteras en ciudades como Ensenada. Mi abuelo dejó de pescar como antes, pero nunca abandonó realmente el mar. En tierra comenzó a trabajar con concha de abulón, haciendo artesanías durante horas. Siempre he pensado que esa era su manera de mantenerse cerca del océano cuando ya no podía vivir dentro de él.

Esta búsqueda nace desde ahí.

Las imágenes que hago no intentan reconstruir únicamente su historia. Intentan reconstruir una sensación. Fotografío pescadores, barcos, cubiertas, puertos y horizontes porque en todos ellos trato de encontrar rastros de una conexión que nunca alcancé a conocer directamente. A veces siento que lo busco en todos lados. En las manos de otros hombres de mar. En los silencios durante la navegación. En la oscuridad del Pacífico durante la noche.

También lo busco en mí.

Con el tiempo entendí que este trabajo no habla solamente de mi abuelo, sino de la necesidad de comprender por qué el mar también me llama a mí. Embarcarme, leer mientras navego, pasar noches en altamar o fotografiar desde dentro de los barcos se convirtió en una forma de aproximarme a algo heredado. Como si ciertas emociones pudieran transmitirse incluso cuando faltan las palabras o la memoria.

Las fotografías de archivo dentro de esta secuencia son importantes porque contienen las pocas evidencias de su vida embarcado. Son recuerdos de cómo era él dentro de ese mundo. Las imágenes actuales, en cambio, funcionan como una reconstrucción: una manera de acercarme a la relación que tenía con el océano mientras intento entender la mía.

Todo ocurre entre pasado y presente para tratar de entender el futuro.

Por eso el ave al final de la secuencia representa tierra firme. Después de atravesar la memoria, la industria, la ausencia y el mar, aparece finalmente la posibilidad de regresar. No como cierre absoluto, sino como orientación. Como si después de años buscando a mi abuelo dentro del océano comenzara apenas a entender qué parte de él sigue viva en mí.